La guerra que no queremos ver

Fotógrafos que mueren para que la verdad exista unos segundos más

La imagen dura apenas un instante en pantalla. Un hombre corre con una cámara colgada del cuello entre edificios destrozados. No mira al objetivo. Mira al suelo. Sabe que ahí está la historia. Se llamaba Max Levin. Fue asesinado en marzo de 2022 cerca de Kiev mientras documentaba la retirada rusa. Su cuerpo apareció días después, abandonado en una cuneta. Tenía las manos atadas. Su coche estaba a pocos metros. No llevaba arma. Llevaba objetivos.

Su última foto no la vimos. Nunca llegó.
Ese vacío, la imagen ausente, es ya parte del relato de la guerra.

Hay otra imagen. Un niño cubierto de polvo, los ojos abiertos de par en par, mirando directamente a cámara entre ruinas humeantes. No llora. No grita. Solo mira. Esa mirada no pide ayuda: acusa. Dura tres segundos en el feed. Después, el dedo desliza.

Ese es el punto de partida. Siempre hay una imagen que no llega. Una cámara que cae. Un disparo que corta el relato.

Issam Abdallah trabajando instantes antes de ser alcanzado por fuego de combate.

https://cpj.org/2024/07/photos-israel-hamas-war-takes-unprecedented-toll-on-journalists/amp/

Por qué el periodismo de guerra importa (aunque nos incomode)

El periodismo de guerra importa porque es el último puente entre la realidad y la propaganda. No el análisis posterior ni la mesa redonda. El cuerpo del reportero en el lugar equivocado, en el momento incorrecto, sosteniendo una cámara cuando todo alrededor exige silencio.

El fotoperiodismo no explica la guerra: la interrumpe. Por eso siempre ha sido perseguido. Robert Capa lo sabía cuando desembarcó en Normandía; Don McCullin cuando fotografió Vietnam; James Nachtwey cuando mostró Ruanda al mundo. Hoy ese legado lo sostienen fotógrafos anónimos, sin mitología ni épica, trabajando con chalecos viejos y baterías prestadas.

En Gaza, Motaz Azaiza fotografiaba explosiones desde la azotea de su casa mientras escribía: “Aquí no hay refugio”. Plestia Alaqad documentaba la destrucción sabiendo que su familia estaba bajo el mismo cielo que caía. En Ucrania, Brent Renaud grababa la evacuación de civiles en Irpin cuando fue abatido. No estaba “cubriendo” la guerra: estaba acompañando a quienes huían.

El periodismo de guerra importa porque nadie dispara contra lo irrelevante.

Wael Al Dahdouh sostiene la mano de su hijo Hamza, también periodista, tras perderlo en un ataque en Gaza.

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Interludio I — El cuerpo como prueba

El 13 de octubre de 2023, Issam Abdallah, camarógrafo de Reuters, cayó al suelo en la frontera entre Líbano e Israel. Vestía chaleco con la palabra PRESS en letras blancas. El disparo lo alcanzó mientras grababa columnas de humo en el horizonte.

No corría. No se escondía. Estaba encuadrando.
Murió allí mismo. Sus compañeros siguieron grabando con las manos temblando. La cámara no se apagó. La sangre sí.

Funeral de Issam Abdallah, camarógrafo de Reuters asesinado mientras cubría el conflicto.

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Cuando matan al fotógrafo, el mensaje es claro

Desde octubre de 2023, más de 200 periodistas y trabajadores de medios han sido asesinados en Gaza. Nunca antes tantos reporteros habían muerto en tan poco tiempo en un solo conflicto. La mayoría eran periodistas palestinos. Locales. Sin salida. Sin rotación. Sin tregua.

Uno de ellos fue Wael Al-Dahdouh, jefe de la oficina de Al Jazeera en Gaza. Mientras informaba en directo, un bombardeo mató a su esposa, a varios hijos y a un nieto. Horas después volvió a cámara, con la voz rota. No era heroísmo. Era la certeza de que, si él callaba, el silencio ganaba.

Wael Al Dahdouh perdió a su esposa, hijo, hija y nieto cuando una explosión golpeó una casa en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de Gaza , donde la familia se estaba refugiando después de ser desplazada, según la organización de noticias.

https://edition.cnn.com/2023/10/25/middleeast/al-jazeera-journalists-family-killed-in-gaza-strike-says-al-jazeera

Cada fotógrafo muerto es una historia amputada. Cada cámara destruida es una verdad que no llegará. Cuando se mata al mensajero de forma sistemática, ya no hablamos de daños colaterales. Hablamos de borrado.

Matar al fotógrafo no es censura. Es la edición final.

Interludio II — Gaza no distingue entre periodista y objetivo

En diciembre de 2023, el periodista de Al Jazeera Samer Abudaqa fue alcanzado por un ataque de dron en Jan Yunis mientras cubría un bombardeo. Cayó herido en el suelo. Pedía auxilio. Durante horas, las ambulancias no pudieron llegar. La zona estaba controlada.

Samer murió desangrado. El micrófono seguía sujeto a su ropa. No murió informando. Murió esperando permiso para vivir.

Samer Abudaqa. Abudaqa también sufrió heridas de metralla, pero los paramédicos tuvieron dificultades para llegar hasta él porque la zona estaba bajo un intenso bombardeo de las fuerzas israelíes.

Al Jazeera afirmó que el camarógrafo fue "dejado desangrándose hasta morir durante más de cinco horas", y agregó que responsabilizó a Israel por atacar a sus periodistas y sus familias.

https://www.bbc.com/news/world-middle-east-67737038

Semanas después, Hamza Wael Al-Dahdouh, otro hijo de Wael, también periodista, murió en un ataque aéreo contra el vehículo en el que viajaba. Iba con otros reporteros. También llevaba cámara.

En Gaza no se heredan oficios: se heredan funerales.

Palestinos inspeccionan los restos de un automóvil en el que fueron asesinados los periodistas palestinos Hamza Al Dahdouh y Mustafa Thuraya el 7 de enero. (Foto: Reuters/Ibraheem Abu Mustafa)

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Gaza y Ucrania: dos guerras, dos velocidades, una misma lógica

Gaza es la guerra comprimida hasta el límite. Un territorio pequeño, sin salida, donde periodistas y civiles comparten destino. Aquí no hay corresponsales que entren y salgan: hay testigos atrapados. El fotógrafo no documenta la destrucción de su ciudad; documenta la de su propia casa.

Ucrania es una guerra extensa, prolongada, con frentes que se mueven y cámaras internacionales que llegan. Han muerto menos periodistas —alrededor de una veintena desde 2014—, pero nombres como Max Levin, Pierre Zakrzewski u Oleksandra Kuvshynova recuerdan que la verdad sigue siendo peligrosa. Aquí el relato se controla con acceso, con encuadres, con silencios estratégicos.

Gaza muestra la eliminación directa del testigo. Ucrania, la administración del testimonio. Dos métodos distintos. Un mismo objetivo: decidir qué verdad se vuelve visible.

Imagen premiada del dolor en Gaza: Inas Abu Maamar con la pequeña Saly tras un ataque aéreo. (foto de Inas Abu Maamar con la niña Saly).

https://www.thenationalherald.com/reuters-photographer-wins-world-press-photo-of-the-year-with-poignant-shot-from-gaza/

Interludio III — El coche abierto

En marzo de 2022, Pierre Zakrzewski, camarógrafo de Fox News, y la productora Oleksandra Kuvshynova murieron cuando un proyectil impactó cerca de su vehículo en Horenka, a las afueras de Kiev.
El coche quedó abierto como una lata.
Las cámaras seguían dentro.
Nadie volvió a recogerlas.

La imagen que nos atraviesa (y luego dejamos pasar)

Un niño cubierto de polvo. Una madre gritando entre escombros. Un fotógrafo sangrando mientras protege su cámara. Las imágenes existen. El problema no es la falta de pruebas. Es nuestra incapacidad de sostenerlas.

Las redes sociales han convertido la guerra en contenido. Todo compite por atención: una masacre y un anuncio, un cadáver y un meme. La repetición no nos sensibiliza: nos adormece. Vemos más guerra que nunca y entendemos menos que jamás.

Aquí el fotoperiodismo vuelve a ser incómodo. Porque no busca viralidad. Busca memoria. Porque vuelve al mismo lugar cuando ya hemos pasado página. Porque insiste en el nombre propio cuando preferimos cifras redondas.

El periodista palestino Mohammed al-Aloul lleva el cuerpo de su hijo, asesinado el 5 de noviembre de 2023 durante el bombardeo israelí de la Franja de Gaza, en el hospital de Deir al Balah. (AP/Fatima Shbair).

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Interludio IV — La voz que no callaron

En mayo de 2022, Shireen Abu Akleh, una de las periodistas más reconocidas del mundo árabe, fue asesinada de un disparo en la cabeza mientras cubría una operación militar en Jenin. Llevaba casco. Llevaba chaleco. Llevaba décadas contando la guerra.
Murió de pie.
Su funeral fue atacado. Incluso muerta, seguía siendo incómoda.

Nuestra indiferencia también es un frente

No es que no sepamos lo que pasa. Es que mirar duele. Exige asumir que ese mundo no es otro, que ocurre aquí, sostenido por decisiones políticas, alianzas internacionales, silencios mediáticos y verdades a medias.

Los fotógrafos de guerra ponen el cuerpo donde nosotros ponemos distancia. Caminan entre ruinas para que nosotros podamos mirar desde el sofá. Y cada vez pagan un precio más alto.

Cada reportero muerto es una derrota colectiva. No solo del periodismo, sino de nuestra capacidad de mirar sin apartar los ojos. La verdad sigue saliendo a la luz, pero cada vez con menos testigos y más sangre.

El fotógrafo palestino Mahmud Hams, residente en Gaza, documenta los edificios destruidos por los bombardeos israelíes en el campo de refugiados de Bureij, en el centro de la Franja de Gaza, el 2 de noviembre de 2023. (Foto: AFP)

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Interludio V — El instante exacto

Hay fotografías que no muestran sangre, pero la contienen toda.
Un camarógrafo gritando el nombre de su compañero fuera de plano.
Una cámara caída apuntando al cielo.
Un plano que se corta antes del impacto.

Esos segundos no suelen emitirse. No porque sean falsos.
Sino porque son demasiado verdaderos.

Fuerzas israelíes y periodistas se refugian en el sur de Israel mientras una sirena advierte sobre el lanzamiento de cohetes desde la Franja de Gaza el 5 de noviembre. Las alarmas sonaron en una zona donde se encontraban cientos de vehículos quemados y destruidos tras resultar dañados en el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre. (AP/Leo Correa)

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Para que la sangre no se pierda

Un periodista palestino consuela a su sobrina, herida en un ataque israelí contra su casa familiar en el campo de refugiados de Nusseirat, en un hospital de Deir el-Balah, Franja de Gaza, el 22 de octubre de 2023. (AP/Ali Mahmoud)

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Nada de lo anterior es literatura. Es archivo. Es memoria en bruto. Cada nombre, cada cuerpo caído, cada cámara rota forma parte de un registro que intenta resistir a la desaparición. Porque eso es lo que la guerra busca al matar a un fotógrafo: que no quede rastro. Que la sangre se seque sin dejar huella. Que el mundo siga adelante como si nada.

La fotografía de guerra no detiene bombas. No salva vidas en el instante. Su valor es más lento y más peligroso: impide que la muerte sea inútil. Convierte el dolor en prueba. El horror en documento. La sangre en memoria colectiva. Sin esas imágenes, la historia la escriben los vencedores, los comunicados oficiales, los silencios bien gestionados.

Mirar esas fotos es tomar partido. No hace falta empuñar un arma. Basta con no apartar la mirada. Basta con recordar nombres. Con exigir contexto. Con desconfiar de los relatos limpios. Con compartir lo que incomoda, no solo lo que tranquiliza. Con defender un periodismo que no entretiene, sino que incomoda, hiere y despierta.

El call to action (Una llamada a la acción en este contexto) no es heroico ni épico: es ético. Mirar. Leer. Recordar. Apoyar a quienes documentan. Exigir protección para la prensa. No consumir la guerra como contenido desechable. No permitir que estas imágenes se pierdan en el ruido.

Porque mientras exista una fotografía, mientras alguien haya estado allí para disparar una cámara en lugar de un arma, la verdad seguirá teniendo una oportunidad de sobrevivir.

Y quizá la pregunta final no sea por qué mueren tantos fotógrafos de guerra.
Sino por qué seguimos necesitando que alguien muera para creernos la realidad.

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