La soledad no elegida y la fotografía.
Mezclando una experiencia humana profunda con el poder narrativo de la imagen.
Hay una soledad que se elige. Retiro, silencio, pausa.
y otra que se impone, que llega sin pedir permiso.
La soledad no elegida no es estar solo: es sentirse fuera del mundo mientras el mundo sigue girando.
En un vídeo reciente de El País, una mujer de 99 años lo dice sin dramatismo, que es casi peor: “Ya no tengo a nadie que me lleve a ningún lado… pero si me invitan, yo voy.”
Y en otro momento añade algo todavía más demoledor: “Yo es como si siguiera estando con todos, las miro y les hablo.”
Se refiere a las fotografías de su vida. A los rostros que ya no están. A las personas que solo sobreviven en papel. Esa frase no habla de vejez. Habla de invisibilidad. De estar disponible para una vida que ya casi no te mira.
Y ahí es donde entra la fotografía.
No como técnica.
No como estética.
Sino como acto de presencia.
Cuando la cámara ve lo que nadie mira
La fotografía tiene una capacidad brutal: hacer visible lo que socialmente preferimos no mirar.
Un cuerpo que envejece.
Una silla vacía.
Una ventana encendida en un bloque de pisos apagados.
La soledad no elegida vive en esos espacios. Y la cámara, cuando se usa con intención, puede atraparla sin necesidad de mostrarla de forma explícita.
No hace falta una lágrima.
Basta un encuadre.
Un pasillo demasiado largo.
Un rostro quieto.
Un plato puesto para una sola persona.
La fotografía no explica la soledad. La sugiere.
Y esa sugerencia es mucho más poderosa que cualquier descripción.
Fuente: Sasha Freemind.
La soledad no entiende de edades
Uno de los proyectos que mejor entiende esto es “Loneliness has no age” de Erika Tuulik. Su idea es simple y devastadora: la soledad no pertenece a una franja de edad. No es solo vejez, no es solo juventud. Es humana.
En sus retratos no hay dramatismo forzado.
Hay personas.
Miradas.
Espacios.
Gente rodeada de mundo, pero no de vínculos.
Eso es exactamente lo que la buena fotografía consigue:
no convertir la soledad en espectáculo, sino en presencia.
Mi abuela y las fotos que la acompañaban
Mi abuela murió el 19 de julio de 2025, a los 98 años, el día de su cumpleaños. Rodeada de todos los que la amábamos.
Todos la visitábamos, pero nunca era suficiente, el día tiene demasiadas horas. Cuando íbamos a verla, muchas veces decía que se sentía sola.
Luego, casi contradiciéndose, sonreía y decía que en realidad siempre estaba acompañada.
¿De quién?
De nosotros.
De nuestras fotos.
Tenía álbumes enteros con imágenes nuestras.
Con textos.
Con historias.
Los miraba una y otra vez.
No por nostalgia, sino por presencia.
Esas fotos no eran recuerdos: eran compañía.
Ahí entendí algo que ninguna teoría explica bien: la fotografía no solo congela el pasado, también habita el presente.
Para alguien que está físicamente solo, una imagen puede ser una habitación llena.
Fuente: Jeremy Wong
Fotografiar la soledad no elegida no es fotografiar tristeza
Es fotografiar ausencia.
La ausencia de alguien que debería estar ahí.
La ausencia de conversación.
La ausencia de roce, de ruido, de interrupciones.
Por eso muchas de las mejores imágenes sobre soledad no muestran gente llorando, sino gente esperando.
Esperando que alguien llegue.
Esperando que algo ocurra.
Esperando que el mundo vuelva a incluirlos.
Y eso, cuando se fotografía bien, atraviesa al que mira.
Fuente: Christophe Dutour
La cámara como acto político (aunque no lo parezca)
Mostrar la soledad no elegida es incómodo.
Nos recuerda que todos podemos acabar ahí.
Pero también es un acto profundamente humano: si alguien ve esa imagen y siente algo, esa persona ya no está del todo sola.
Fotografiar estas realidades no es morbo.
Es responsabilidad.
Es decir:
“Esto existe. Esto importa. Míralo.”
Fuente: Geoffroy Hauwen
Quizá por eso hacemos fotos
No para recordar. Sino para no desaparecer.
Para que alguien, en algún lugar, vea nuestra imagen y sepa, que estuvimos aquí.
Y que, durante un instante, no estuvimos solos.